Yo soy asexual.
Eso significa que no experimento atracción sexual hacia otras personas. No me pasa eso de mirar a alguien y desear acostarme con esa persona. No lo reprimo. No lo niego. Simplemente no está.
Y está bien. No me siento incompleta. No me falta nada. No estoy esperando a que “llegue alguien” ni necesito una razón para nombrarme así.
Y quiero dejar algo claro desde el principio:
lo sexual no me interpela. Ni fu, ni fa.
No me incomodan los contextos sexualizados. No me molesta el deseo de otras personas. No me perturban los cuerpos que gozan.
No rechazo el sexo.
Lo que me incomoda es que se dé por sentado que yo también tengo que sentir lo mismo, que mi diferencia se interprete como ausencia, como inhibición, como una herida que habría que corregir.
Respeto por el deseo como trinchera
Sé que para muchas —y para algunas de vosotras— la sexualidad ha sido una trinchera: un lugar desde donde resistir, reapropiarse, sanar. Habéis tenido que romper con la vergüenza, conquistar el placer, politizar el deseo.
Y os respeto profundamente por eso.
Pero también creo que esa centralidad no puede hacernos ciegas a otras formas de vivir.
Para mí —y para muchas— lo sexual no es el centro, no es liberación ni trauma, ni sombra ni promesa.
Es simplemente irrelevante.
Deseo no es atracción
Se confunden todo el tiempo, pero no son lo mismo:
• Atracción sexual: es querer tener sexo con alguien concreto.
• Deseo sexual (libido): es una energía interna, que puede o no estar, y que puede expresarse o no, sin dirigirse a nadie.
Yo no siento atracción sexual hacia otras personas.
Eso no significa que no tenga deseo corporal o prácticas sexuales autónomas. Algunas personas asexuales las tienen, otras no.
Lo que nos une es que no sentimos atracción sexual hacia otras personas.
Cómo nos vinculamos
Nos vinculamos desde otros lugares. Algunas somos arrománticas, otras no. Algunas vivimos relaciones de pareja, otras cultivamos relaciones queerplatónicas: vínculos profundos, no sexuales ni románticos, pero cargados de presencia, cuidado y sentido.
Yo he habitado vínculos intensos en contextos gay masculinos, donde durante un tiempo muy largo ocupé con alegría el papel de mariliendre. En esos espacios me sentí segura, libre, respetada.
En cambio, en contextos lésbicos —igual que en los heterosexuales— he sentido con más fuerza la presión de que mi no-deseo fuese leído como bloqueo, represión, rigidez emocional o falta de libertad.
Y eso no es. No somos rígidas. No somos menos libres. Simplemente, no estamos ahí.
Lo que la asexualidad NO es
• No es celibato ni voto de castidad.
• No es trauma ni represión.
• No es falta de amor.
• No es una etapa.
• No es miedo.
• No es “no haber encontrado a la persona adecuada”.
• No es demisexualidad.
• No tiene que ver con la atracción romántica.
No somos personas por completar. No somos cuerpos por corregir. No estamos esperando a nadie. No falta nada.
Capitalismo y deseo
El deseo no solo ha sido reprimido históricamente. También ha sido fabricado, incentivado y explotado.
El capitalismo erotiza el producto, sexualiza el algoritmo, estetiza el cuerpo para venderlo. El deseo vende. Se promueve como libertad, pero muchas veces es explotación emocional y productiva.
La asexualidad, en este sentido, no es solo una orientación: es una fisura. Un modo de resistir —sin ruido— la obligación de desear. Un lugar desde donde no hacer del sexo una moneda ni una mercancía.
Una disidencia que no genera contenido, pero sí pensamiento.
Marilyn Monroe: entre deseo proyectado y silencio propio
Marilyn Monroe fue el icono sexual del siglo XX, y al mismo tiempo, una figura que encarnó una contradicción profunda.
En sus diarios escribió:
“I didn’t want to be kissed. With all my curves, I was as unsensual as a fossil.”
“I was completely faithful… not because I loved him… but because I had no interest in sex.”
¿Era asexual? No lo sabemos. Pero lo importante es que estas frases nos recuerdan que ser deseada no equivale a desear, que el brillo erótico proyectado puede cubrir un silencio interno.
El deseo no siempre es mutuo. Ni necesario. Ni obligatorio.
Referentes y genealogía
• En 2001, David Jay fundó AVEN (Asexual Visibility and Education Network). Fue la primera red internacional donde decir: no deseo, y no por eso estoy rota.
• Angela Chen, en su libro Ace (2020), propone una mirada lúcida e interseccional:
“Being asexual is not about being broken or pure or repressed. It’s about existing on our own terms.”
• Teóricas como Ela Przybylo, Kristina Gupta y Karli Cerankowski están construyendo un marco asexual desde el feminismo y la teoría queer.
Incluso si miramos hacia atrás, Emily Dickinson, Leonardo da Vinci o Isaac Newton fueron figuras que podrían situarse —sin etiquetas forzadas— fuera del régimen del deseo sexual normativo.
No para apropiarlos, sino para recordar que el silencio también tiene historia.
Lo que quiero reivindicar
• Quiero reivindicar que no sentir atracción sexual no es no sentir.
• Quiero poder estar en lo erótico sin desear, sin rechazar, sin fingir.
• Quiero que no se me pidan explicaciones ni correcciones.
• Quiero que se respete mi diferencia sin convertirla en falta.
• Quiero que mis formas de vincularme —con ternura, con lealtad, con presencia— se reconozcan como reales, legítimas y suficientes.
• Y, sobre todo:
no quiero desear sexualmente para poder ser deseante de mundo.
“Deseante de mundo”: ¿qué significa?
Ser “deseante de mundo” no significa desear cosas en el sentido consumista, ni personas en el sentido sexual.
Significa estar implicada con la vida, con lo que ocurre, con lo que puede llegar a ser.
Es:
• Sentir curiosidad, impulso, energía creativa.
• Estar abierta al vínculo, al afecto, a la transformación.
• Tener proyectos, pasiones, obsesiones, búsquedas.
• Querer tocar, cambiar, intervenir, cuidar.
• Desear justicia, belleza, conocimiento, vínculo, alegría.
Ser deseante de mundo es desear otras formas de estar viva.
Con otros lenguajes. Otras intensidades. Otros cuerpos.
Sin tener que pasar por el deseo sexual como única vía de plenitud.
¿Por qué es importante decirlo?
Porque vivimos en una cultura que reduce el deseo al deseo sexual.
Y a veces incluso en el activismo queer se piensa que desear es sinónimo de estar despierta, empoderada, disponible, viva.
Pero yo —como muchas otras personas asexuales— quiero decirlo con claridad:
“Yo deseo. Pero deseo con otras formas. No deseo sexualmente. Deseo con palabras, con vínculos, con preguntas, con imaginación. Deseo el mundo.”
Y eso también es deseo. Y eso también es vida. Y eso es desobediencia radical.